Cada día, cuando me siento a crear, lo hago con la convicción de que diseñar no es solo una profesión, sino una forma de habitar el mundo. Vivo el diseño gráfico y la ilustración como una práctica profundamente humana, tejida con los hilos de las historias, los vínculos y las emociones que nos atraviesan. Para mí, las ideas son experiencia encarnada: pensamiento que pasa por el cuerpo, la mente y el deseo.
Los momentos fundamentales que hacen posible la inspiración en mi proceso son la exploración, la observación, la creación activa, la conexión con el exterior, la autenticidad y las experiencias vividas. No concibo la creatividad sin tránsito, sin movimiento, sin interacción con el mundo real; por lo cual creo que no sucede como algo lineal ni mecánico, sino como un gesto que se repite, se corrige, se equivoca y vuelve a intentarlo. Crear es un proceso activo y cuidadoso, pero también vulnerable, abierto, imperfecto.
Cuando comencé a escaparme de casa, estaba maravillada por el montón de posibilidades con las que me encontraba en la calle: personas fascinantes, muy diferentes a las que había en casa, personas graciosas que estaban haciendo cosas increíbles en la ciudad. Yo siempre quise estar en los lugares en los que pasaban cosas; aunque parecen desordenados, cada día se les atraviesan miles de formas de ser donde todos confluimos y transformamos la ciudad. Es por eso que, para mí, habitar la ciudad es transformarla, y esas vivencias nos permiten abrirnos a mil experiencias.
Creo que no hay planes perfectos sin imperfecciones. Cuando tomo mi ruta de autobús favorita, el Circular Coonatra, siempre pienso que aunque es un “error” elegirla por lo lenta, larga y congestionada, también es el espacio perfecto para fingir demencia frente a las tareas urgentes y dedicarme a mirar por la ventana: las casas, los edificios, el ruido, las calles, la gente que sube y baja, la música que suena, los rostros que se parecen a otros que ya conozco. Al final siempre me bajo encantada, porque aunque no sea el camino más eficiente, es el que me deja más satisfecha al estar más cerca. Así me siento frente a cada nuevo proyecto: un poco perdida, sin saber del todo qué paradas tendrá el camino, quiénes se sumarán, cómo interactuar con esos otros pasajeros, si la moneda alcanzará o si tocará pedir el favor de subirme por la puerta de atrás. Pero también con la certeza de que es justamente ese recorrido incierto el que hace posible que algo nazca.
El error, para mí, es el insumo perfecto para avanzar en una idea. Es el punto de partida, no el obstáculo. En él encuentro la belleza de lo desordenado, de lo que no encaja del todo, de lo que en la composición general enamora, aunque en el detalle a veces se vea raro. Me interesa contemplar la belleza de lo diferente, de lo que no busca ser correcto, sino propio.
Luego viene la emoción: enamorarme, disgustarme, incomodarme, enojarme con esas formas que antes observé sin juicio. Las emociones transforman la idea, la tensan, la profundizan, la vuelven honesta. Y después llega el alumbramiento: ese momento de paciencia, contemplación y espera en el que proceso todos esos errores, los atravieso y los dejo decantar hasta que se convierten en imagen, en lenguaje, en narrativa.
Sin eso que nos muestran como error, no llegaríamos a nuevas ideas que nos permitan la imaginación, la creación y la experimentación. Porque sin conectar con lo propio desde su propia existencia, la creación no sería posible; hay que estar movilizado por las ideas y las pasiones.
Cada día pretendo ser cercana y empática para permitirme conectar con los espacios y los procesos que me mueven. El arte y la cultura han sido fundamentales en mi carrera y me permiten encontrar en los espacios experiencias auténticas y enriquecedoras para crear con propósito, definiendo así mi trabajo y llevándolo más allá del diseño y la comunicación. Por eso, para mí, esto hace posibles los que considero los pilares de mi vida y, por lo tanto, de mi proceso creativo: la exploración, para conocer el mundo más allá de mis posibilidades; la observación, para reconocer lo que pasa desapercibido; la creación activa, para mantener alerta las ideas; la conexión con las personas que amo y mis propias ideas; y la autenticidad de lo que me mueve el corazón.
Mi oficio como ilustradora y diseñadora editorial (que son algunos de los que más disfruto) me acerca a historias fascinantes de otras personas. Me permite escuchar, aprender, emocionarme. Esas historias alimentan mi imaginación, fortalecen mis vínculos y me recuerdan que crear también es un acto de conexión. Observar cómo podemos construir nuevas narrativas, más sensibles y más humanas, hace posible que mi día a día tenga sentido.
Trabajo con la certeza de que ilustrar también es un acto político y poético: una manera de resistir la deshumanización, de reivindicar los cuerpos, los afectos, la intimidad y las experiencias cotidianas. Cada trazo puede ser un puente, una semilla, un espejo.
Se vale crear, imaginar y experimentar. Como una forma de estar viva. Se vale errar.






